11.1.26

Nimias conspiraciones

Como ya fuimos dejando entrever en otras crónicas, la ausencia habitué de tanto tiempo, fue dando pie a toda clase de versiones, historias fantásticas o malintencionadas, biografías apócrifas y, por supuesto, leyendas urbanas de todo tipo, índole y calaña. En síntesis, alrededor de esta inocente purretada murguera se fue construyendo una red de mitos e historias, en la que no faltaron, cómo no, las teorías conspirativas.

Una de las más vistosas, digamos, y por qué no, imaginativas, fue la que unió a Los Habitués —creo que ya lo habíamos comentado— con la idea de una organización clandestina, una suerte de sociedad secreta al estilo de los Illuminati, cuyos inconfesables, malvados y maquiavélicos designios incluían, entre otros, tomar el control del mundo, lavarle el cerebro a todo ñato, y rezarle a dios Momo versitos profanos.

Según esta teoría, hasta se atreven a decir —¡ah, voto a Momo, intolerable infamia!— que nos pintamos la cara para ocultar nuestra identidá de conjurados, y que como a Clarquent, aunque tengamos la misma jeta de siempre, nadie nos reconozca…

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Y uno, que busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias, y que además, tiene infinita paciencia ante la montaña de pavadas que a veces diluvia… Bueno, ¿saben qué?, ya me cansé: TIENEN RAZÓN.

Me cachaste, nos cacharon; así que, compañeros, compañeras, ¡a la voz de aura!, a salir del clóset, roperito, placarcito o lo que tenga usté en la pieza, y a terminar con esta farsa. ¡A ver esas banderas, caramba!

Tan berreta es este mundo, tan horribles los "líderes" que lo lideran que sí, ¡qué tanto! Lo digo de vuelta: ¡TIE-NEN-RA-ZÓN!

Sí, señor, sí, señorita: Así como usté la ve a esta patota rante —todos modositos, simpáticos y con cara de yo no fui—, todo, pero absolutamente todo —cada movimiento habitué, cada acción y cada inacción (más lo segundo que lo primero), cada cantarola— es un calculado y calibrado acto de su voluntad para llegar al objetivo que una noche terrible se juramentaron cumplir. 

¡Sí, es así! Cada damajuana comprada y vendida lleva mensajes, cada palabra es una cifra, o una cita; contraseña. Cada nota cantada es una clave. Así como le digo, todo pensamiento y visualización energética de la que esta patota rante es capaz está orientada, sí, ¡¡¡A LA TOMA DEL PODER!!! ¡¡¡MUEEJEJEJEJE!!!

—¡Pare un poco, exagerau! Parece Alejandro Dumas con tanto drama… Empecemos por el empiezo: ¿de qué poder me habla?

Del Poder, papá, del P-O-D-E-R. Visualice: Tener la sartén por el mango, ¿se da cuenta?, cortar el bacalao. Ser, ¡al fin!, los dueños de todas las pelotas de este mundo… Capisce?

—Ajá…, ta bien. ¿Y para qué?

Para qué… Caramba… Estemmm… Bueno, acá nos volvió a cachar, porque es ahí donde la cosa se pone un poco más peliaguda. Pero nimporta, eso después lo vamos viendo.

Por lo pronto, el estatuto secreto habitué contempla —para cuando se dea de detentar el control del orbe todo—, lo siguiente: "Art. 1.°: Declarar obligatorio que se cante en las esquinas, y poblar de corsos subversivos, desaforados, todas las callecitas del suelo patrio, y por qué no del mundo entero, ya que estamos".

Los artículos que siguen los omitimos por razones de… defensa propia. La verdá no se entiende muy bien lo que quisieron dejar plasmado los muchachos en esta suerte de Plan de Operaciones: hay quien dice que no se ponían de acuerdo, otros, que a las altísimas horas en que lo escribieron, ya ni ellos sabían qué corno querían decir. "Poner a Discepolín de presidente", "decretar el Feriado, Universal y Eterno, de Carnaval"... En fin. 

No se la voy a hacer mucho más larga, que ya viene lunga: este plan, básicamente, concebía la idea de infiltrarnos entre las élites dirigenciales de cualquier tipo y color del mundo —profesionales, religiosas y políticas, financieras, de la cultura y el deporte, de la vagancia—, para de esta manera ir ocupando lugares clave y convertirnos, sin que nadie sospeche, en líderes mundiales, influencers, en los grandes titiriteros de la política y la economía global, y extender así nuestro dominio, secreto pero benéfico, por sobre todo el universo.

El Poder detrás del Trono (Fotografía: Isabel Amaretto)

De más está decir que, por ahora, los poderosos del mundo no nos dan bolilla —casi nadie, la verdá—, y para ser honestos, debemos aclarar que nuestra influencia sobre el devenir planetario viene siendo, como usted mismo comprobará, más bien modesta: Patero dice que viene logrando que unos muchachones lo ayuden a cortar el pasto de vez en cuando; Pascualón, y valga la afinidad étnica, informó que logró que le fíen en el chino de su barrio; Bieckert, que armó una bandita pa’ jugar con agua en la vedera…

No importa; por suerte, la modestia es una de las virtudes que adornan a la muchachada habitué, y si hay que hacerse de abajo y meter las patas en el barro, manos, y patas, a la obra.

Así que insisten, persisten y no cejan: aunque todavía tarde, aunque falten eones, siguen y seguirán trabajando por un domún que se parezca un poco más al de sus sueños: un lugar donde no importe mucho la biyuya, y donde amar y reír sea preferible a cualquier cosa. Y, por sobre todo, un mundo donde a nadie le sobre, y a nadie le falte.

Así que, como en esta ya nos descubrieron —y a no lamentarse, de seguro alguna otra se nos va a ocurrir—, a seguir laburando, muchachos, muchachas y muchaches, que hay que hacer la diferencia.

Qué sé yo, no sé: pa’ que valga la pena. Digo, ¿no?

¡Salú!

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