Como les contaba en aquel entremés anterior, lo que nos hizo reír el Chino, nuestro alma máter, el primigenio, allá en Las Heras, no tiene nombre.
El asunto fue así:
Nino Carcassonne tuvo una idea. Una idea grande, como todas las ideas de Nino. Y aunque no sea mi costumbre, aquí voy a hacer una digresión: Antonio Nino Carcassonne no conoce el concepto de idea modesta; ni mucho menos le cabe en la mente la mera posibilidad de que algo no pueda hacerse. Así si usté le pide una recua de elefantes para hacer una entrada espectacular en el corso, el tipo va y te lo consigue. O no. Pero eso es lo de menos: lo importante es la actitú.
Como le venía contando: Nino alquiló una casa-quinta con pileta en General Las Heras, en la pampa bonaerense; invitó a toda la barra a pasar el fin de semana, y no contento con esto, consiguió organizar una presentación habitué, originalmente prevista en el salón municipal, pero que terminó ocurriendo —gracias a un oportuno accidente que no está muy claro cómo se habría desencadenado—, en la Sociedad Española laserense, un teatro pre-cio-si-si-sí-si-mo.
La velada comenzó el sábado al mediodía con unas delicatessen a la parrilla como a las que nos tiene acostumbrados notre cher et élégantissime Talves Pernod. Y aunque no me gusta desviarme de la historia, aquí voy a hacer una digresión: El Francés, así de extranjero como lo ve, es un as, y digo más, un verdadero artista de la parrilla porteño-bonaerense. Sigo:
Más tarde arrancó la cantarola, bien regada, a la que es tan afecta la muchachada. Y llegada la nochecita, rumbeamos pa'l teatro.
Como ya le dije: el teatro, una maravilla de la arquitectura hispano-bonaerense de principios... de algún siglo. El escenario, enorme, todo piso de madera, y un... no me va a creer, pero se lo juro por mi vieja: ¡¡¡un telón, tenía!!!
Tan grande y precioso era el escenario que Los Habitués —doce habitués, para más datos—, acostumbrados a cantar cual sardinas en lata en escenarios de tablones de uno por uno y medio, lloraban de la emoción, mire, nada más subirse. Y arrancó la cosa.
Siga el corso, un temita de murga uruguaya, Aquella murguita de Villa Real; si fuéramos cubanos diríamos: una gozadera. La gente, grata y festivamente sorprendida, acompañaba con entusiasmo... En resumen, todo hermoso, todo a tiempo, todo sonando bien, y, al fin —¡al fin!—, aquí va la cosa.
Y sabrán disculpar la digresión, no es mi estilo, pero es menester aclarar alguna cosas: Ramiro Moskato, nuestro poeta oficial y en funciones, no había podido ir a esa presentación. Razón por la cual, dijo la monada; "Che, ¿quién lo reemplaza al Poeta?". Así que, ¿quién se le ocurre que levantó la mano? A ver, adivine.
Sí, él, así como lo ve, el alma máter: el Chino. El Chino tenía que decir las poesías que usualmente dice Moskato en el medio de Rocanrol, y llegado el momento promediando la función, allá fue el tema; que empezó bien, y se dijo lo que había que decir. Pero en el interludio, cuando ya tocaba la parte de "un tango que nos meta en otro tango" de repente se empezó como a sentir un vacío...
Y, dale, que no arrancaba, y el dire lo miraba y el Chino nada, y los otros once cogoteando a ver qué pasaba, y el Chino en la punta, sonriente y bailarín allá en su wing, mirándolos a todos con su sonrisa inefable y contagiosa... Y nada. Y alguno le tiró letra y, ¿ya le dije, no? Nada. Ni un verso, y ni un punto ni una coma, ni una metáfora, ni un-tango-que-nos-meta-en-ningún-lado, nada de nada. Cuatro vueltas enteras. ¿Y?
Nada. Y al fin terminó el tema.
El dire arrancó por colectora y, risueñamente, cambió de tema. Mas Antonio Nino Carcassonne, alias El Porfiau, no se pudo aguantar —pito, amarilla y roja—, y ahí nomás le espetó al primigenio lo que todos estaban pensando:
—Pero, Pascualón, ¿y el poema?
—Es que soy un Poeta Mudo —replicó el oriental. Y el teatro se vino abajo.
[Acá debería ir una foto, pero puede creer que no sacamos ni una de la función... Cosa seria, mecachendié... La emoción debe haber sido. Más tarde me fijo, creo que hay algún video.]
La cosa, después, siguió: gustosa, hilarante, irreverente. Peroni, desconcertado, pero siempre erudito y eficaz. Pernod remando el cierre SIN la manifiesta ayuda de Crespi que aprovechaba el largor del escenario para correr como un loco, guitarra en mano. Hasta un tango sónico, hubo, y con eso le digo todo.
Como frutilla del postre laserense, nuevamente el Chino mandó fruta al ser indagado por el dire sobre el nombre de la famosa hermana de He-Man. "Sheyla", mandó el muy truhán, sin inmutarse. Y ante el reclamo de la barra: "She-ra era la otra. Esta, Sheyla, era la hermana menor", aclaró por si las moscas. Y el teatro se vino abajo por segunda vez, y ya todo era una joda hermosa.
El final: el público de pie agradeció la aventura de ir a ver una ignota barra de tango y murga porteña, y Los Habitués, también de pie —hay que poner algunas sillas—, agradecieron de corazón y emocionados el diluvio de aplausos.
Así terminó la patriada habitué, que no fue cruzar los Andes, pero que se le parece, se le parece.
Por supuesto, pasaron muchas más cosas, que quizás las habremos de ir desgranando en otros crónicas. Por lo que a esta crónica respecta, la noche derivó hacia otras historias y extrañas ensoñaciones, y, finalmente, terminó. O quizás no; en el mundo habitué nunca se sabe.
Al otro día, él, el original, el alma máter, se levantó tempranito, prendió el fuego, y nos regaló uno de los mejores asados de la historia habitué —salvo, claro está, los del franchute—.
En fin. Yo no sé, pero capaz será por todo esto, así, que nos queremos tanto.
¡Feliz año, camaradas! ¡Y vamo' que venimo'! Próxima parada: Carnaval.
¡Salú!

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