1.1.26

Patriada habitué

Como les contaba en el entremés aquel, lo que nos hizo reír el Chino, nuestro alma máter, el primigenio, allá en Las Heras, no tiene nombre. 

El asunto fue así: Nino Carcassonne tuvo una idea. Una idea grande, como todas las ideas de Nino. Y aunque no sea mi costumbre, aquí voy a hacer una digresión: Antonio Nino Carcassonne no conoce el concepto de idea modesta; ni mucho menos le cabe en la mente la mera posibilidad de que algo no pueda hacerse. Así, si usté le pide una recua de elefantes para hacer una entrada espectacular en el corso, el tipo va y te la consigue. O no. Pero eso es lo de menos: lo importante es la actitú. 

Como le venía contando: Nino alquiló una casa-quinta con pileta en General Las Heras, en la pampa bonaerense; invitó a toda la barra con sus respectivos familiones a pasar el fin de semana, y no contento con esto, consiguió organizar una presentación habitué, originalmente prevista en el salón municipal, pero que terminó ocurriendo —gracias a un oportuno accidente que no está muy claro cómo se habría desencadenado—, en la Sociedad Española laserense, un teatro pre-cio-si-si-sí-si-mo. 

La velada comenzó el sábado al mediodía con unas delicatessen a la parrilla como a las que nos tiene acostumbrados notre cher et élégantissime Talves Pernod. Y aunque no sea mi costumbre, aquí voy a hacer una digresión: El Francés, así de extranjero como lo ve, es un as, y ¡qué digo as!, un verdadero artista de la parrilla porteño-bonaerense. Si hasta con pincel cocina el hombre, vea... Hecha justicia, sigo.

Después del morfe arrancó la cantarola, bien regada, a la que es tan afecta la muchachada. Y llegada la nochecita, rumbeamos pa'l teatro. 

Como ya le dije: el teatro, una maravilla de la arquitectura hispano-bonaerense de principios... de algún siglo. El escenario, enorme, todo piso de madera, y un... no me va a creer, pero se lo juro por mi vieja: un telón... ¡¡¡un telón, tenía!!! 

Tan grande y precioso era el escenario que Los Habitués —doce habitués, para más datos—, acostumbrados a mal cantar cual sardinas en lata en escenarios de tablones de uno por uno y medio, lloraban de la emoción, mire, nada más subirse. Y, al fin, arrancó la cosa. 

Sociedad Española de Gral. Las Heras (Fotografía: Domenico Peroni)

Siga el corso, "en una esquina anaranjada", Aquella murguita de Villa Real; si fuéramos cubanos diríamos: una gozadera. La gente, grata y festivamente sorprendida, acompañaba con entusiasmo... En resumen, todo hermoso, todo a tiempo, todo sonando bien. Y ahora preste atención, porque ¡al fin!, llegamos al meollo del asunto. Que fue así...

Pero aunque no sea mi costumbre, aquí, es o-bli-ga-to-rio hacer una digresión: Nuestro poeta oficial y en funciones, Ramiro Moskato, ese fin de semana tenía un compromiso editorial i-ne-lu-di-ble, por lo que no iba a estar presente en Las Heras. Mas la monada, pletórica de recursos humanos, dijo: "Che, ¿quién lo reemplaza al Poeta?". 

Dos manos se levantaron: una, la de uno de nuestros flamantes, el Miqui Torino. Y..., a ver, adivine: ¿a que no sabe quién levantó la otra? De seguro que alguno se le ocurre... ¡Sí! Él, así como lo ve, el alma máter: Rodolfo. 

Cuestión que el Miqui y nuestro wing derecho —Rodolfo— tenían que decir las poesías que usualmente dice Moskato tanto en Las virtudes del petardo como en Rocanrol, y, llegado el momento, Torino, profesional, cumplió con arte su cometido. Y le tocó el turno al Chino. 

Que arrancó bien, y con su voz de barítono arrabalero, dijo con sentimiento lo que había que decir en el comienzo. Pero en el interludio, cuando toca la parte esa de "un tango que nos meta en otro tango", de repente se empezó a sentir como un silencio, un vacío... Jiúston, tenemos un problema...
Y es que el Chino no arrancaba. Y el dire lo miraba y el Chino nada, y los otros diez cogoteando a ver qué pasaba, y el Chino en la punta —sonriente y bailarín allá en su wing, mirándolos a todos con su sonrisa inefable y contagiosa—. Y nada. 

Bueno, nada no, porque el cachafaz, en vez de recitar, ¡tiraba pasitos y bailaba! Alguno le tiró letra y, ¿ya le dije, no? Nada. Ni un verso, ni un punto ni una coma; ni una metáfora, ni un-tango-que-nos-meta-en-ningún-lado, nada de nada. Cuatro vueltas enteras. ¿Y? 

Nada. Y al fin, terminó el tema. 

El dire, risueñamente, quiso arrancar por colectora y rumbear hacia la próxima canción. Mas Antonio Nino Carcassonne, alias El Porfiau, no se pudo aguantar —amarilla y roja, pito y cadena—, y ahí nomás le espetó al primigenio lo que todos estaban pensando: 

—Pero, Pascualón, ¿y el poema? 
—Es que soy un Poeta Mudo —replicó el oriental. Y el teatro se vino abajo. 


[Acá debería ir una foto, pero puede creer que no sacamos ni una de la función... Cosa seria, mecachendié... Creo que hay algún video. Más tarde me fijo.]


La cosa, después, siguió: gustosa, hilarante, irreverente. Peroni, desconcertado, pero siempre erudito y eficaz. Pernod remando el cierre SIN la manifiesta ayuda de Crespi que aprovechaba el largor del escenario para correr como un loco, guitarra en mano. Hasta un tango sónico hubo, y con eso le digo todo. 

Como frutilla del postre laserense, el primordial mandó fruta nuevamente al ser indagado por el dire sobre el nombre de una misteriosa hermana de He-Man. "Sheyla", mandó el muy truhán, sin inmutarse. Y ante el reclamo indignado de la barra: "She-ra era la otra, la mayor. Esta, Sheyla, era la hermana menor", aclaró por si las moscas. 

Y el teatro se vino abajo por segunda vez, y ya todo era una joda hermosa. 

El final: el público de pie agradeció la aventura de ir a ver una ignota barra de tango y murga porteña, y Los Habitués, también de pie —hay que poner algunas sillas—, agradecieron de corazón y emocionados el diluvio de aplausos. 

Así terminó la patriada habitué, que no fue cruzar los Andes, pero que se le parece, se le parece.

Por supuesto, pasaron muchas más cosas, que quizás las habremos de ir desgranando en otra parte. Por lo que a esta crónica respecta, la noche derivó hacia otras celebraciones, encuentros, extrañas ensoñaciones, y, finalmente, terminó. O quizás no; en el mundo habitué nunca se sabe. 

Al otro día, él, el original, el alma máter, se levantó tempranito, prendió el fuego, y nos regaló uno de los mejores asados de la historia habitué —salvo, claro está, los del franchute—. Y de yapa, se reveló que el muy pícaro se había encargado —sin avisar, el muy turro—, de invitar a gente que habita el corazón, que vino de visita (y si algo más faltaba, hasta le cantamos el feliz cumplesaño a la más peque de la barra).

En fin. Yo no sé, pero capaz será por todo esto, así, que nos queremos tanto. 

Pascualón, el Pepe, Moskato, Pernod, Nino, el Pibe Crespi, Bieckert, Peroni, Carlitos, y lxs flamantes, que con pasión y pericia se sumaron, sumando, a la barra: el Michel Torino, la Beba Chianti y la Coca Branca; el Amargo, cómo no, y Fernandito, el otro Rey del Bombo.

¡Feliz año, compañeres, camaradas! ¡Y vamo' que venimo'! Próxima parada: Carnaval.

¡Salú!

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