21.9.09

dan ganas de balearse en un rincón... (¿no será mucho?)

Es triste reconocerlo, pero los Habitués, personajes oscuros y afiebrados, odian la primavera. Y en especial al 21 de septiembre. Ese día (y lo peor es que se repite ¡todos los años!) los Habitués se esconden. No van al bar, y tratan de permanecer el mayor tiempo posible en la catrera, debajo de la frazada, bien tapados hasta las orejas.

¿Por qué semejante cosa?, dirá usted, con lo linda que es la primavera. Vea, hay para mencionar dos razones principales. Una, la primera, es que los Habitués no soportan, no lo pueden evitar, es más fuerte que ellos, a esas hordas desaforadas de adolescentes que salen de debajo de los adoquines el 21, ráfagas de impúberes que todo lo colman con sus infernales bataholas, manadas atolondradas de imberbes (como decía uno, tristemente, desde un balcón) felicísimos, y que encima se empeñan en ir todos siempre al mismo lugar, lugar en el que, claro está, no caben, y allí, entre dulces humaredas de la legalizada plantita, vinachos en tetra-brik, y bucólicos acordes de Arco Iris, Los Piojos o de la Guersuit Gerfarafat, es que se arman unos tremendos despiporres que para qué te cuento.

La segunda razón es quizás un poco más delicada y no se remite únicamente al día 21, y es que la primavera, como decía usted hace un rato, es justamente eso, demasiado linda. Demasiado linda para el frágil corazón habitué.



En primavera, y con los primeros calorcitos, todo florece. Todo, pero todo. Y los Habitués son testigos, pobrecitos, de las más inconcebibles y voluptuosas transformaciones, turgentes metamorfosis… La niña que ayer pasaba en gamulán hoy se te cae en musculosa y con el ombligo al aire... Y los Habitués, al borde del infarto, desesperan.

De un día para el otro y sin-ningún-tipo-de-advertencia (por la ventana del bar, en el subte, en el chino, ¡en todas partes!), aparecen, ingenuas, despreocupadas, tremendas naifas en minifalda, pollerita al viento, soleritos de colores, felices de por fin sacar a pasear para admiración (y desesperación) de los miserables mortales los generosos dones que un dios despiadado les otorgó. ¿De dónde, por dios, de dónde salió tanta belleza junta?, se pregunta el habitué sin acertar con la respuesta.

Los Habitués, espíritus enamoradizos, capaces de postrarse, jurar amor eterno y pedir en matrimonio a la primera percanta que les pide fuego, se turulan en primavera, quedan en un estado parecido a la catatonia, sin poder reaccionar y se sienten, irremediablemente, unos imbéciles de catálogo. Es que, por favor, entiendasé, es demasiado.

Por eso se esconden, temerosos del amor que se agita allí afuera. Ya llegará el día en que, habiendo juntado el coraje necesario, y con un buen stock de piropos en la manga, salgan a la cancha a morir combatiendo en la dulce geografía de un escote, a suspirar y arremeter ante una mirada que promete delicias sin fin, ¡ah, ojazos!, a dejarse embriagar y perderse olvidados del tiempo en sutiles perfumes, a sentirse héroes conquistando por fin y con ingentes esfuerzos, sudorosos, las alturas de tus caderas…

Bellas, adorables, perfectas, gota de rocío, son ustedes crueles. Pero las queremos tanto…

Y bué, ma sí, ¡feliz primavera!

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