5.1.26

Ciber(Gar)delito

El barrio había amanecido alborotado: habían allanado el piringundín en el que a veces pernocta la muchachada habitué.

—Fue la Brigada —largó, docta, la Mimí—, y al rato la noticia ya circulaba por barrios tan distantes como Paternal, Santa Rita y Villa Mitre. Brigada de qué, nadie lo sabía, pero si es por lo atropellados —había que verlos avanzando a trompicones por el pasillo del PH, destrozando los malvones—, parecía más una brigada de hipopótamos atolondrados antes que un procedimiento de la ley y el orden. 

En el PH… Permítame abrir un paréntesis: PH significa “Posta Habitué”. Así como nadie conoce sus nombres verdaderos, tampoco ellos dan a conocer sus domicilios reales. Así que los muchachos tienen estas “postas” —bulines, zapies, piringundines— donde ensayan, a veces duermen o llevan adelante sus descabellados emprendimientos. Cierro paréntesis.

Como les decía, en "la" PH hallaron —y se llevaron detenida— a la Commodore 64 modelo 88 que era de Crespi. Dos bombos con platillo (uno, del Amargo, otro, de Fernandito), un redoblante (de Norton), y la pilcha habitué del dueño 'e casa, fueron confiscados; medio salamín, un cacho 'e queso, media botella de vino Toro y un sifón, también. 

Al salir con la Commodore bajo el brazo, un cobani sonriente dejó caer, como al descuido pero clarito ante las cámaras: "Esta es la prueba; acá se cocinó todo". Y así, la Brigada, se fue.

Pronto empezaron a circular versiones, y ¡ahijuna con la lobuna!, se supo que la brigada era la de Ciberdelitos, y que se investigaba una estafa millonaria, de escala planetaria, con criptomonedas. ¿Con criptoqué?, dirá usté. Criptomonedas. Bitcoin. ¿No le suena? Déjeme que termine y después le explico.

(Gentileza: FBI)

Como nunca falta algún botón —y más en estos tiempos—, alguien "sopló":

—Busquen al "Chino". Fue él, él es el cabecilla.

O “fue él, el cabeza ’e rodilla” (no se conoce con exactitú el contenido de la denuncia original del batilana ese, debido, claro está, al secreto de sumario).

Cuestión que, así nomás, el Chino Pascualón fue aprehendido mientras se comía un guiso de camino a Don Torcuato, y alojado en el mismo calabozo que la Commodore. Por la tarde se supo que la cana andaba buscando a los demás integrantes de la banda, razón por la cual la muchachada optó, elegante y discretamente, por tomarse el olivo y agenciarse escondites seguros por un tiempo.

A la nochecita, ante el juez de la causa, tuvo lugar el interrogatorio:

—Diga su nombre.
—Alvino Parra.
—¿Profesión?
—Cantante.
—¿Usa usted un seudónimo, un alias?
—Rodolfo Pascualón.
—¿Tiene un apodo con el que se lo conozca comúnmente?
—No.
—¿A usted no le dicen Chino?
—¿Quiénes?
—No sé… La gente.
—No me importa lo que diga la gente.
—No se haga el vivo: ¿cómo lo llama la gente a usted?
—Por teléfono. 
—...
—A ver, agente, déjeme a mí. Señor, diga: ¿usted es integrante de un grupo que se llama…? Eh… espere… ¿Los Batitué?
—No tengo nada que ver con esa gente.

En un intento desesperado, los pesquisas intentaron un careo entre Rodolfo y el chino de la vuelta, honorable comerciante del rubro del autoservicio.

—¿Apellido y nombre?
—Kim Min-ho.
—¿Nacionalidad?
—Coleano.

El estupor era total entre las filas de la ley.

—¡No conozco a ningún Chino! ¡Este es al único que conozco! —gritaba Pascualón, indignado.
—¡¡¡No sel chino, sel coleano!!! —retrucaba, exasperado y también a los gritos, el chin… perdón, Kim Min-ho, el coreano de la vuelta.

Aquí es importante hacer una aclaración: no quiera usté ver malicia o prueba de culpabilidá en la actitud poco colaborativa del Chino, llevado a la taquería sin comerla ni beberla. Hay que decir, en su defensa, que siendo como es —y como son los muchachos, gente de otro siglo, de épocas en las que meterse a rati estaba mal visto entre la muchachada del rioba—, antes muerto que batirle algo a la yuta.

Como les venía diciendo, el desconcierto policial era absoluto y, fieles a su estilo, que para eso estudian, daban palos de ciego. Quien esto firma, el boga y un par de muchachos más, hubimos de acudir y salir de testigos: Rodolfo no fue, no puede ser, Rodolfo no estaba, se le había quedado el auto a la altura de Ezpeleta, nunca llegó… Estaba sin datos... ¡Pero si Rodolfo no tiene una moneda! Mire si se le va a ocurrir hacer algo con algo que no sabe ni lo que es… —protestaban los muchachos en el juzgado.

Aunque todavía se recordaba el asunto aquel de la Inteligencia Abitué, pronto otros vecinos salieron en defensa de los muchachos y dieron fe de su inocencia. El testimonio definitivo fue el de una señora de la zona sur, que dijo que ese día y a esa hora, efectivamente, el Chino estaba en Ezpeleta. Haciendo qué, no lo dijo —o por lo menos no se conoce: no sé si le dije, pero hay secreto de sumario—.

En fin: en cuanto quedó claro que los muchachos no tenían nada que ver, la causa se desinfló como un globo y el Chino fue liberado. Los bombos, el redo y la pilcha de Crespi fueron devueltos en tiempo y forma. No así la Commodore, que de seguro se la choreó aquel cobani, que se ve que le había tomado cariño. ¿Y el salamín, el queso y el vino?, bien gracias, se habrán vencido. El sifón volvió, pero vacío.

Después, las pesquisas rumbearon para otros wines: parece que, a pesar de aquella mano que quiso desviar la cosa, la investigación escaló hacia delicadas alturas; y se habló del Anticristo, o de hermanos alienígenas en reuniones secretas, de entradas y salidas, de posteos coordinados en redes sociales y otras yerbas. Finalmente —y como no podía ser de otra manera—, la cosa se fue perdiendo en los polvorientos y laberínticos vericuetos del poder mediático-judicial, y probablemente duerma hoy en un cajón el sueño de los pícaros.

Por suerte, los muchachos y Min-ho no volvieron a ser molestados, y anduvieron por la PH hasta altas horas, canturreando tanguitos de Discépolo, mentando a Mao y brindando profusamente por la liberación del amigo, el hombre de la calva reluciente.

Beat-coins habitués (Fotografía: Irene Amber)

Al salir, a Carcassonne se le cayeron del bolsillo del saco dos discos tintineantes y relucientes. Ante la mirada atónita —y de repente muda— de los muchachos, Nino dijo:

—Shhh… No digan nada. De algún lado tiene que salir la biyuya pa’ pagar la grabeta.
—¡Pero, Nino, vos estás loco…! ¡¿Cómo se te ocurre…?!
—¡La cana, muchachos! ¡¡¡Rajemos!!!

Y así fue. Cada uno por su lado, nos largamos de allí. Eso sí, con algo de prisa.

Y colorín colorado…

¡Salú!

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