2.1.26

Anonimatos

Capaz que usté ya se dio cuenta —y si no, al menos lo sospecha— de que Los Habitués usan seudónimos. ¿La razón? Creo que ni ellos mismos la saben. Lo que es claro es que, si alguna buena razón hubo, hace tiempo que la olvidaron. 

Cuestión que, nombres vistosos, sonoros, adornan y completan la estampa habitué. Pero: ¿sus nombres reales no eran lo suficientemente poéticos para presentarse ante el gran público? ¿Seducidos por las luces del trocén, algún productor de la Paramount los obligó a cambiarse el nombre por uno con más “punchi”? ¿Los busca la policía? 

Escuche: Talves Pernod… ¡ah!, toda la sonoridad de la antigua Lutecia en dos palabras. Nino Carcassonne: Italia y La France, un solo corazón. Criollo, el Pepe Patero. Crespi, sencillito y de alpargatas. Carlitos Charles Norton, casi un héroe de Sábados de súper acción... El Kike. Aurelio Cynar. 

Nom de guerre, nombre de guerra que le dicen: como los valientes revolucionarios de antaño, ellos dicen que, por seguridá, tampoco saben el nombre real de sus compañeros de aventuras, de voz, de ruta, ¡de murga!, de escenario. Y ni falta que hace. 

Pero, ojota, puede llegar a ocurrir que los nombres reales sean estos, y que los yutos sean los otros. Todo adrede, para confundir. Nadie sabe.

Personalmente, creo que, como tantos artistas, van detrás de la magia de no ser ellos mismos por un rato. Porque… Déjeme que le explique: cuando se ponen la pilcha, elegantes, y desde el momento mismo en el que la esponjita deja la primera estela de pintura blanca —¡ah, magnífico fondo blanco!—; desde ese momento, hasta que el pincel dibuja el último firulete de color, y después los brishos, y… algo… algo… 

En fin. En realidad, nada. Digo: no pasa nada. Siguen siendo los mismos mamertos, chantapufis, adorables, geniales e hilarantes habitués, perfectos en su perfecta y candorosa imperfección. Y nada más. O casi nada.

Hondamente evocador de patios y soleadas vides, Alvino Parra es el nombre real de Rodolfo Pascualón, y es el único nombre posta que diremos aquí. Los demás habitueses seguirán porfiando en su feliz anonimato. 

Puestos a imaginar: durante el día serán, quizás, fleteros, vendedores de pirulines o garrapiñadas, empleados públicos, camioneros, reparadores de aires acondicionados, pintores y sabelotodos en oficios varios, quizás artistas plásticos; agricultores en ciernes, lutieres, afinadores de bandoneones, maestros jardineros, animadores de fiestas infantiles, directores de coso, investigadores cesanteados, ¡biólogos!, ¡¡¡filófosos!!!, oficinistas, vendedores de seguros o de ART… ¡Qué sé yo! Andá a saber de qué viven estos cosos...

Pero, ojota, pebeta: cuando relumbre en el cielo la habitueseñal… ¡Ah…! Papuchi, ¡guarda la tosca! ¡Agarratecatalina! ¡Vamo’ que venimo’! 

...

—¿Y? 

¿Hmmm...? Nah... Nunca leen los mensajes; mucho menos los contestan. En fin, capaz que alguno cae… ¿Pedimos una pizza? 

Difícil aguantar así hasta febrero.

¡Salú!

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