21.1.26

El estado del tiempo



14.1.26

Volver: trayectos


Yendo (Fotografía: Irene Amber)

13.1.26

Volver: yo adivino el parpadeo

Mi Buenos Aires querido (Fotografía: Irma Aperol)


12.1.26

Volver: señales (2)

Azahar azar (Fotografía: Inés Anís)


11.1.26

Nimias conspiraciones

Como ya fuimos dejando entrever en otras crónicas, la ausencia habitué de tanto tiempo, fue dando pie a toda clase de versiones, historias fantásticas o malintencionadas, biografías apócrifas y, por supuesto, leyendas urbanas de todo tipo, índole y calaña. En síntesis, alrededor de esta inocente purretada murguera se fue construyendo una red de mitos e historias, en la que no faltaron, cómo no, las teorías conspirativas.

Una de las más vistosas, digamos, y por qué no, imaginativas, fue la que unió a Los Habitués —creo que ya lo habíamos comentado— con la idea de una organización clandestina, una suerte de sociedad secreta al estilo de los Illuminati, cuyos inconfesables, malvados y maquiavélicos designios incluían, entre otros, tomar el control del mundo, lavarle el cerebro a todo ñato, y rezarle a dios Momo versitos profanos.

Según esta teoría, hasta se atreven a decir —¡ah, voto a Momo, intolerable infamia!— que nos pintamos la cara para ocultar nuestra identidá de conjurados, y que como a Clarquent, aunque tengamos la misma jeta de siempre, nadie nos reconozca…

Billete de un dólar de edición limitada: Novus Ordo Murgorum

Y uno, que busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias, y que además, tiene infinita paciencia ante la montaña de pavadas que a veces diluvia… Bueno, ¿saben qué?, ya me cansé: TIENEN RAZÓN.

Me cachaste, nos cacharon; así que, compañeros, compañeras, ¡a la voz de aura!, a salir del clóset, roperito, placarcito o lo que tenga usté en la pieza, y a terminar con esta farsa. ¡A ver esas banderas, caramba!

Tan berreta es este mundo, tan impresentables los "líderes" que lo lideran, tan horrible el destino al que el privilegio y la avaricia nos empuja, que sí, qué tanto, lo digo de vuelta: ¡TIE-NEN-RA-ZÓN!

Sí, señor, sí, señorita: Así como los ve, todos modositos y con ese aire de alegre y simpatiquísima inocencia, todo, pero absolutamente todo —cada movimiento habitué, cada acción y cada inacción (más lo segundo que lo primero), cada cantarola— es un calculado y calibrado acto de su voluntad para llegar al objetivo que una noche terrible se juramentaron cumplir. 

Sí, cada damajuana comprada y vendida lleva mensajes, cada palabra es una cifra, una cita, contraseña; cada nota es una clave. Así como les digo, todo pensamiento y visualización energética de la que esta patota rante es capaz está orientada, sí, ¡¡¡A LA TOMA DEL PODER!!! ¡¡¡MUEEJEJEJEJE!!!

—¡Pare un poco, exagerau! Parece Alejandro Dumas con tanto drama… Empecemos por el empiezo: ¿de qué poder me habla?

Del Poder, papá, del P-O-D-E-R. Visualice: del poder de hacer milagros, de hacer lo que se le cante, conquistar el mundo; de convertirse, de un día para el otro, en los dueños de la pelota; la sartén por el mango, cortar el bacalao… Capisce?

—Ajá…, ta bien. ¿Y para qué?

Para qué… Caramba… Estemmm… Bueno, acá nos volvió a cachar, porque es ahí donde la cosa se pone un poco más peliaguda. Pero nimporta, eso después lo vamos viendo.

Por lo pronto, el estatuto secreto habitué contempla —para cuando se dea de detentar el control del orbe todo—, lo siguiente: "Art. 1.°: Declarar obligatorio que se cante en las esquinas, y poblar de corsos subversivos, desaforados, todas las callecitas del suelo patrio, y por qué no del mundo entero, ya que estamos".

Los artículos que siguen los omitimos por razones de… defensa propia. La verdá no se entiende muy bien lo que quisieron dejar plasmado los muchachos en esta suerte de Plan de Operaciones: hay quien dice que no se ponían de acuerdo, otros, que a las altísimas horas en que lo escribieron, ya ni ellos sabían qué corno querían poner. En fin…

No se la voy a hacer mucho más larga, que ya viene lunga: este plan, básicamente, concebía la idea de infiltrarnos entre las élites dirigenciales de cualquier tipo y color del mundo —profesionales, religiosas y políticas, financieras, de la cultura y el deporte, de la vagancia—, para de esta manera ir ocupando lugares clave y convertirnos, sin que nadie sospeche, en líderes mundiales, influencers, en los grandes titiriteros de la política y la economía global, y extender así nuestro dominio, secreto pero benéfico, por sobre todo el universo.

El Poder detrás del Trono (Fotografía: Isabel Amaretto)

De más está decir que, por ahora, los poderosos del mundo no nos dan bolilla —casi nadie, la verdá—, y para ser honestos, debemos aclarar que nuestra influencia sobre el devenir planetario viene siendo, como usted mismo comprobará, más bien modesta: Patero dice que viene logrando que unos muchachones lo ayuden a cortar el pasto de vez en cuando; Pascualón, y valga la afinidad étnica, informó que logró que le fíen en el chino de su barrio; Bieckert, que armó una bandita pa’ jugar con agua en la vedera…

No importa; por suerte, la modestia es una de las virtudes que adornan a la muchachada habitué, y si hay que hacerse de abajo y meter las patas en el barro, manos, y patas, a la obra.

Así que insisten, persisten y no cejan: aunque todavía tarde, aunque falten eones, siguen y seguirán trabajando por un domún que se parezca un poco más al de sus sueños: un lugar donde no importe mucho la biyuya, y donde amar y reír sea preferible a cualquier cosa. Y, por sobre todo, un mundo donde a nadie le sobre, y a nadie le falte.

Así que, como en esta ya nos descubrieron —y a no lamentarse, de seguro alguna otra se nos va a ocurrir—, a seguir laburando, muchachos, muchachas y muchaches, que hay que hacer la diferencia.

Qué sé yo, no sé: pa’ que valga la pena. Digo, ¿no?

¡Salú!

10.1.26

Volver: lentejuelas que la abuela le cosió

Aplique murguero (Fotografía: Irene Amber)


9.1.26

Contraseñas

En la crónica anterior le mostraba la imagen del portal principal en el que Los Habitués se trasladan por el espacio-tiempo. ¿Se acuerda? ¡Esa! La verdá, me alegro. Porque: 

Un párrafo aparte se merece la inscripción grabada —grabada con tiza— en el portal. De don Roberto Arlt: "el futuro es nuestro por prepotencia de trabajo". 

Usté dirá: "¿Los Habitués leen a Arlt? ¡Qué bien!". Después lo pensará mejor y dirá, "pero, pero... espere un minuto... Los Habitués ¿leen?".

Sí, lo que se dice leer, leer, leen. O, en todo caso, es innegable que a esa frase la leyeron en algún lado. 

Pero la cuestión es la siguiente: ¿Qué tendrá que ver Roberto Arlt en todo este asunto?, y ¿por qué justo ESA frase del Beto? Porque es, por lo menos, curioso que aluda a la "prepotencia del trabajo", cuestión esta, la del laburo, a la que los muchachos —digamos todo— no son muy afectos.

(Fotografía: Manuel Flores)


Rememoro, y Arlt, con sus Aguafuertes, fue uno de los ídolos de mi adolescencia, pero en este caso, usté tiene razón, no tiene que ver con nada, salvo que... Adivine... ¡Sí! En esa frase está cifrada la contraseña para atravesar, justamente, el portal. Y nuevamente usté dirá: "pero, pero... ¿por qué dejan escrita la contraseña en la puerta misma, eh?".

Bueno, pues, verá: Entre tantos trabajos y ocupaciones —los ensayos, esto, lo otro, salvar el mundo, dormir la siesta e ir a la verdulería—, Los Habitués tienen dificultades bastante serias para recordar conjuntos de información de tipo más bien, digamos, elemental. 

Y si usté les dice la contraseña, van y se la olvidan apenas dicen chau y se dan la vuelta para tomarse el piro. 

Si se las anota en un papelito, no saben qué es y lo tiran, lo pierden o se lo comen a la menor señal de peligro —sí, hay habitués con costumbres algo extravagantes—. 

Así es que democráticamente decidieron inscribirla en el portal, pa' que ninguno se la olvide. Económico, eficiente y práctico. ¿Qué tul?

—Muy interesante. ¿Y cuál es?
—¿Cuál es qué?
—La contraseña.
—No insista. Nunca la diré.
—¡Bien! Quería ver si estaba atento.
—Psss... ¿qué se piensa? 
—Bueno, y diga: ¿la patrona?
—Futuro.
—¿Perdón...? ¿Decía?
—Futuro. Futuro es la contraseña.
—…
—¿Qué pasa?, ¿qué me mira?
—La dijo, Manuel.
—¡Mecachendié!

¡Salú!

Nota mental: "FuTuRo26".

8.1.26

Volver: ¡aflojale que colea!

Barrilete suburbano (Fotografía: Irene Amber)


7.1.26

Cosas raras: Portales

Un programa secreto del gobierno yanqui que le caga la vida a la gente —¡oh, sorpresa! y ¡oh, qué milagro!—: rusos.

Un mundo en espejo y una mente-colmena; walkman, pop, new wave y heavy-metal; mostros con cabeza 'e flor bastante fulería, y una protagonista —simpatiquísima—, con un poder mental de la san flauta, que tiene el nombre de un barrio porteño muy concurrido a la hora de comprar mucho y barato (en otras épocas; ya nadie compra ni mucho ni barato en ningún lado).

Sí, con les hijes de Humber y Nino, de Pepe y Kike, nos estamos comiendo-los-codos con la quinta temporada de la serie esta de los pibis encantadores (bueno, ya no tanto), que pelean en los 80 —¡ah, éxtasis!, ¡época dorada de la infancia habitué!— con un coso algo difícil de entender, pero más malo que la miércoles.

“¿Y qué corno tiene que ver?”, dirá usté. Tiene MUCHO que ver. Porque de un tiempo a esta parte, y desde que se empezó a hablar de la vuelta de esta patota rante, me vengo enterando de que cosas extrañas, cosas raras —en una palabra, y se lo digo así en criollo para que me entienda—, estreinyercings, vienen ocurriendo en la dimensión habitué. Algo se agita, titila, relumbra. Y si no, vea:


¿Vio qué linda? No me diga que no es una preciosidá, pero... ¿Dónde se encuentra?, ¿qué se esconde detrás de este… objeto, a todas luces, formidable?

Por más que insista, nunca revelaré la dirección. Pero digamos que llegando al final de una callecita sagrada, y casi chocando con la vía, por ahí por Villa del Parque, hay un lugar donde la barra, contraseña secreta mediante (una pasgüor; se lo digo así, en criollo, para que me entienda), ensaya, se encuentra, delira y transpone, invierte y subvierte el espacio-tiempo.

Porque, aunque parezca una puerta —y, valga su perspicacia, digamos que sí, una puerta es, pero no, no se confíe; en la dimensión habitué nada es lo que parece—. Como venía diciendo entonces, esto que parece una puerta, no lo es en realidá: es un Zorzal.

Perdón, es la costumbre. Voy de nuevo: Es un portal.

“¿¡Un portal!? Demasiadas series, chochamus". Y sí, ¿qué me cuenta? Si de la serie ya hablamos… Entonces, un portal, le decía. ¿Me sigue? Bueno, veo que me sigue.

Guarda entonces, venga: Un pasaje misterioso y mágico, con entradas y salidas escuendidas por ahí, donde la militancia habitué entra en Villa del Parque y sale en Parque Chas —hablando de rusos, en la calle Moscú, pa' más datos—. Entra en Liniers por Barragán en un año cualquiera y sale en 2009 por la Chacrita de los Colegiales, en la antigua calle Fraga, donde fuimos felices. O en la fantástica Bilbao de los bulevares, o en 426, Ciudad Campana, con calles que se llaman como números; o patean por la calle de los Zelarrayanes, y aterrizan en calles con nombre de fruta o de pertrechos de guerra...

Claves: Cinco cuatro cuatro. Esto lo están tocando mañana. Sin repetir y sin soplar.

Porque, si Villa Crespo, Almagro, aquel verano y ese invierno, ayer nomás los verán cantando tangos en Boedo. Doblan por Retiro, juegan al fóbal. Tortuguitas, Pergamino, su ruta, Berazategui, el Barrio Norte; Gran Paternal, el mapa de sus cuitas, Villa del Parque, Villa Santa Rita, Villa Mitre, Agronomía. Villa Ortúzar y un pasaje, y otro y otro; los lobos, la calle del Gavilán...

Aquí, allá y en todas partes: Adrogué y el Villa Luro; allá van; el trocén, Plaza de Mayo, el Obelisco. Vienen. Titanes y los Jack; Patoruzú y la Condorito; la globa milagrosa, Adrogué y Cruce Varela; dos cuarenta dos ocho siete nueve.

Portales habitués

Viajan. Continuidad de los parques: De los Patricios, el Chacabuco, Avellaneda, el Centenario. ¿Magariños o Cervantes? Barracas, La Boca y la murga juntos, la placita y el playón. Un Primero de Mayo etéreo, rotundo, sin final. Cifras: 3857. Villa Caraza y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación. El Sur… ¿Era Chile ochenta y cuatro…? ¿Te acordás o…?

Corren, cantan, ríen, lloran; cuentan cuatro y ahí nomás se largan; afiebrados, arrebatados, con resaca, guardianes de la espera, combaten en el aire y en el tiempo: se marean. Cansados, en éxtasis, felices. Refulgen en el fragor de la infancia, entre gomeras, balines y cebitas, naranjas y gambetas; respirar igual a resistir, dictaduras y una guerra; sí, señor, silencio por nuestros muertos, bombos y banderas.

Sueñan, mientras cantan con toda el alma; silban; bebiendo con sed oceánica las traslúcidas y tenues, potentes, tan potentes, luces de las vidas futuras, pasadas, habidas y por haber, que fueyserá, y no serán nunca…

Y aquí están, claro, y aman, y crían a sus hijes como a flores...

“… Apagá la tele”, sentí que decía una voz más o menos familiar. E inmediatamente, el sacudón: “¡Euh!, Flores, ¡despiertesé! Cebale un mate pa' que espabile. ¡Eh, arriba, Flores, que se hace tarde!”. Abrí un ojo…

… La puerta del bulín, brillaba. Y ni le digo la sonrisa de la barra.

¡Salú!



6.1.26

Volver: señales (1)

Boyacá y la vía (Fotografía: Isabel Amaretto)


5.1.26

Ciber(Gar)delito

El barrio había amanecido alborotado: habían allanado el piringundín en el que a veces pernocta la muchachada habitué.

—Fue la Brigada —largó, docta, la Mimí—, y al rato la noticia ya circulaba por barrios tan distantes como Paternal, Santa Rita y Villa Mitre. Brigada de qué, nadie lo sabía, pero si es por lo atropellados —había que verlos avanzando a trompicones por el pasillo del PH, destrozando los malvones—, parecía más una brigada de hipopótamos atolondrados antes que un procedimiento de la ley y el orden. 

En el PH… Permítame abrir un paréntesis: PH significa “Posta Habitué”. Así como nadie conoce sus nombres verdaderos, tampoco ellos dan a conocer sus domicilios reales. Así que los muchachos tienen estas “postas” —bulines, zapies, piringundines— donde ensayan, a veces duermen o llevan adelante sus descabellados emprendimientos. Cierro paréntesis.

Como les decía, en "la" PH hallaron —y se llevaron detenida— a la Commodore 64 modelo 88 que era de Crespi. Dos bombos con platillo, un redoblante, y la pilcha habitué del susodicho, fueron confiscados; medio salamín, un cacho 'e queso, media botella de vino Toro y un sifón, también. 

Al salir con la Commodore bajo el brazo, un cobani sonriente dejó caer, como al descuido pero clarito ante las cámaras: "Esta es la prueba; acá se cocinó todo". Y así, la Brigada, se fue.

Pronto empezaron a circular versiones, y ¡ahijuna con la lobuna!, se supo que la brigada era la de Ciberdelitos, y que se investigaba una estafa millonaria, de escala planetaria, con criptomonedas. ¿Con criptoqué?, dirá usté. Criptomonedas. Bitcoin. ¿No le suena? Déjeme que termine y después le explico.

(Gentileza: FBI)

Como nunca falta algún botón —y más en estos tiempos—, alguien "sopló":
—Busquen al "Chino". Fue él, él es el cabecilla.

O “fue él, el cabeza ’e rodilla” (no se conoce con exactitú el contenido de la denuncia original del batilana ese, debido, claro está, al secreto de sumario).

Cuestión que, así nomás, el Chino Pascualón fue aprehendido mientras se comía un guiso de camino a Don Torcuato, y alojado en el mismo calabozo que la Commodore. Por la tarde se supo que la cana andaba buscando a los demás integrantes de la banda, razón por la cual la muchachada optó, prudente y discretamente, por tomarse el olivo y agenciarse escondites seguros por un tiempo.

A la nochecita, ante el juez de la causa, tuvo lugar el interrogatorio:

—Diga su nombre.
—Alvino Parra.
—¿Profesión?
—Cantante.
—¿Usa usted un seudónimo, un alias?
—Rodolfo Pascualón.
—¿Tiene un apodo con el que se lo conozca comúnmente?
—No.
—¿A usted no le dicen Chino?
—¿Quiénes?
—No sé… La gente.
—No me importa lo que diga la gente.
—No se haga el vivo: ¿cómo lo llama la gente a usted?
—Por teléfono. 
—...
—O toca el timbre. Depende.
—A ver, agente, déjeme a mí. Señor, diga: ¿usted es integrante de un grupo que se llama…? Eh… espere… ¿Los Batitué?
—No tengo nada que ver con esa gente.

En un intento desesperado, los pesquisas intentaron un careo entre Rodolfo y el chino de la vuelta, honorable comerciante del rubro del autoservicio.

—¿Apellido y nombre?
—Kim Min-ho.
—¿Nacionalidad?
—Coleano.

El estupor era total entre las filas de la ley.

—¡No conozco a ningún Chino! ¡Este es al único que conozco! —gritaba Pascualón, indignado.
—¡¡¡No sel chino, sel coleano!!! —retrucaba, exasperado y también a los gritos, el chin… perdón, Kim Min-ho, el coreano de la vuelta.

Aquí es importante hacer una aclaración: no quiera usté ver malicia o prueba de culpabilidá en la actitud poco colaborativa del Chino, llevado a la taquería sin comerla ni beberla. Hay que decir, en su defensa, que siendo como es —y como son los muchachos, gente de otro siglo, de épocas en las que meterse a rati estaba mal visto entre la muchachada del rioba—, antes muerto que batirle algo a la policía.

Como les venía diciendo, el desconcierto policial era absoluto y, fieles a su estilo, daban palos de ciego. Quien esto firma, el boga y un par de muchachos más, hubimos de acudir y salir de testigos: Rodolfo no fue, no puede ser, Rodolfo no estaba, se le había quedado el auto a la altura de Ezpeleta, nunca llegó… Estaba sin datos... ¡Pero si Rodolfo no tiene una moneda! Mire si se le va a ocurrir hacer algo con algo que no sabe ni lo que es… —protestaban los muchachos en el juzgado.

Aunque todavía se recordaba el asunto aquel de la Inteligencia Abitué, pronto otros vecinos salieron en defensa de los muchachos y dieron fe de su inocencia. El testimonio definitivo fue el de una señora de la zona sur, que dijo que ese día y a esa hora, efectivamente, el Chino estaba en Ezpeleta. Haciendo qué, no lo dijo —o por lo menos no se conoce: no sé si le dije, pero hay secreto de sumario—.

En fin: en cuanto quedó claro que los muchachos no tenían nada que ver, la causa se desinfló como un globo y el Chino fue liberado. Los bombos, el redo y la pilcha de Crespi fueron devueltos en tiempo y forma. No así la Commodore, que de seguro se la choreó aquel cobani, que se ve que le había tomado cariño. ¿Y el salamín, el queso y el vino?, bien gracias, se habrán vencido. El sifón volvió, pero vacío.

Después, las pesquisas rumbearon para otros wines: parece que, a pesar de aquella mano que quiso desviar la cosa, la investigación escaló hacia delicadas alturas y se habló de reuniones secretas, de entradas y salidas, de posteos coordinados en redes sociales y otras yerbas. Finalmente —y como no podía ser de otra manera—, la cosa se fue perdiendo en los polvorientos y laberínticos vericuetos del poder mediático-judicial, y probablemente duerma hoy en un cajón el sueño de los pícaros.

Por suerte, los muchachos y Min-ho no volvieron a ser molestados, y anduvieron por la PH hasta altas horas, canturreando tanguitos de Discépolo, mentando a Mao y brindando profusamente por la liberación del amigo, el hombre de la calva reluciente.

Beat-coins habitués (Fotografía: Irene Amber)

Al salir, a Carcassonne se le cayeron del bolsillo del saco dos discos tintineantes y —como de oro, como de plata— relucientes. Ante la mirada atónita —y de repente muda— de los muchachos, Nino dijo:

—Shhh… No digan nada. De algún lado tiene que salir la biyuya pa’ pagar la grabeta.
—¡Pero, Nino, vos estás loco…! ¡¿Cómo se te ocurre…?!
—¡La cana, muchachos! ¡¡¡Rajemos!!!

Y así fue. Cada uno por su lado, nos largamos de allí. Eso sí, con algo de prisa.

Y colorín colorado…

¡Salú!

4.1.26

¡Mire qué lindo!


Ta lindo, ¿no?

Sep, ta lindo...

¡Salú!

3.1.26

Volver: señales

 CGBA (Fotografía: Irma Aperol)


2.1.26

Anonimatos

Capaz que usté ya se dio cuenta —y si no, al menos lo sospecha— de que Los Habitués usan seudónimos. ¿La razón? Creo que ni ellos mismos la saben. Lo que es claro es que, si alguna buena razón hubo, hace tiempo que la olvidaron. 

Cuestión que, nombres vistosos, sonoros, adornan y completan la estampa habitué. Pero: ¿sus nombres reales no eran lo suficientemente poéticos para presentarse ante el gran público? ¿Seducidos por las luces del trocén, algún productor de la Paramount los obligó a cambiarse el nombre por uno con más “punchi”? ¿Los busca la policía? 

Escuche: Talves Pernod… ¡ah!, toda la sonoridad de la antigua Lutecia en dos palabras. Nino Carcassonne: Italia y La France, un solo corazón. Criollo, el Pepe Patero. Crespi, sencillito y de alpargatas. Carlitos Charles Norton, casi un héroe de Sábados de súper acción... El Kike. Aurelio Cynar. 

Como los valientes revolucionarios de antaño, ellos dicen que, por seguridá, tampoco saben el nombre real de sus compañeros de aventuras, de voz, de ruta, ¡de murga!, de escenario. Y ni falta que hace. 

También pasa, hay que decirlo, que hay quien afirma que los nombres reales son estos, que los yutos son los otros. Nadie sabe.

Personalmente, creo que, como tantos artistas, van detrás de la magia de no ser ellos mismos por un rato. Porque… Déjeme que le explique: cuando se ponen la pilcha, elegantes, y desde el momento mismo en el que la esponjita deja la primera estela de pintura blanca —¡ah, magnífico fondo blanco!—; desde ese momento, hasta que el pincel dibuja el último firulete de color, y después los brishos, y… algo… algo… 

En fin. En realidad, nada. Digo: no pasa nada. Siguen siendo los mismos mamertos, chantapufis, adorables, geniales e hilarantes habitués, perfectos en su perfecta y candorosa imperfección. Y nada más. O casi nada.

Hondamente evocador de patios y soleadas vides, Alvino Parra es el nombre real de Rodolfo Pascualón, y es el único nombre posta que diremos aquí. Los demás habitueses seguirán porfiando en su feliz anonimato. 

Puestos a imaginar: durante el día serán, quizás, fleteros, vendedores de pirulines o garrapiñadas, empleados públicos, camioneros, reparadores de aires acondicionados, pintores y sabelotodos en oficios varios, quizás artistas plásticos; agricultores en ciernes, lutieres, afinadores de bandoneones, maestros jardineros, animadores de fiestas infantiles, directores de coso, investigadores cesanteados, ¡biólogos!, ¡¡¡filófosos!!!, oficinistas, vendedores de seguros o de ART… ¡Qué sé yo! Andá a saber de qué viven estos cosos...

Pero, ojota, pebeta: cuando relumbre en el cielo la habitueseñal… ¡Ah…! Papuchi, ¡guarda la tosca! ¡Agarratecatalina! ¡Vamo’ que venimo’! 

...

—¿Y? 

¿Hmmm...? Nah... Nunca leen los mensajes; mucho menos los contestan. En fin, capaz que alguno cae… ¿Pedimos una pizza? 

Difícil aguantar así hasta febrero.

¡Salú!

1.1.26

Patriada habitué

Como les contaba en el entremés aquel, lo que nos hizo reír el Chino, nuestro alma máter, el primigenio, allá en Las Heras, no tiene nombre. 

El asunto fue así: Nino Carcassonne tuvo una idea. Una idea grande, como todas las ideas de Nino. Y aunque no sea mi costumbre, aquí voy a hacer una digresión: Antonio Nino Carcassonne no conoce el concepto de idea modesta; ni mucho menos le cabe en la mente la mera posibilidad de que algo no pueda hacerse. Así, si usté le pide una recua de elefantes para hacer una entrada espectacular en el corso, el tipo va y te la consigue. O no. Pero eso es lo de menos: lo importante es la actitú. 

Como le venía contando: Nino alquiló una casa-quinta con pileta en General Las Heras, en la pampa bonaerense; invitó a toda la barra con sus respectivos familiones a pasar el fin de semana, y no contento con esto, consiguió organizar una presentación habitué, originalmente prevista en el salón municipal, pero que terminó ocurriendo —gracias a un oportuno accidente que no está muy claro cómo se habría desencadenado—, en la Sociedad Española laserense, un teatro pre-cio-si-si-sí-si-mo. 

La velada comenzó el sábado al mediodía con unas delicatessen a la parrilla como a las que nos tiene acostumbrados notre cher et élégantissime Talves Pernod. Y aunque no sea mi costumbre, aquí voy a hacer una digresión: El Francés, así de extranjero como lo ve, es un as, y ¡qué digo as!, un verdadero artista de la parrilla porteño-bonaerense. Si hasta con pincel cocina el hombre, vea... Hecha justicia, sigo.

Después del morfe arrancó la cantarola, bien regada, a la que es tan afecta la muchachada. Y llegada la nochecita, rumbeamos pa'l teatro. 

Como ya le dije: el teatro, una maravilla de la arquitectura hispano-bonaerense de principios... de algún siglo. El escenario, enorme, todo piso de madera, y un... no me va a creer, pero se lo juro por mi vieja: un telón... ¡¡¡un telón, tenía!!! 

Tan grande y precioso era el escenario que Los Habitués —doce habitués, para más datos—, acostumbrados a mal cantar cual sardinas en lata en escenarios de tablones de uno por uno y medio, lloraban de la emoción, mire, nada más subirse. Y, al fin, arrancó la cosa. 

Sociedad Española de Gral. Las Heras (Fotografía: Domenico Peroni)

Siga el corso, "en una esquina anaranjada", Aquella murguita de Villa Real; si fuéramos cubanos diríamos: una gozadera. La gente, grata y festivamente sorprendida, acompañaba con entusiasmo... En resumen, todo hermoso, todo a tiempo, todo sonando bien. Y ahora preste atención, porque ¡al fin!, llegamos al meollo del asunto. Que fue así...

Pero aunque no sea mi costumbre, aquí, es o-bli-ga-to-rio hacer una digresión: Nuestro poeta oficial y en funciones, Ramiro Moskato, ese fin de semana tenía un compromiso editorial i-ne-lu-di-ble, por lo que no iba a estar presente en Las Heras. Mas la monada, pletórica de recursos humanos, dijo: "Che, ¿quién lo reemplaza al Poeta?". 

Dos manos se levantaron: una, la de uno de nuestros flamantes, el Miqui Torino. Y..., a ver, adivine: ¿a que no sabe quién levantó la otra? De seguro que alguno se le ocurre... ¡Sí! Él, así como lo ve, el alma máter: Rodolfo. 

Cuestión que el Miqui y nuestro wing derecho —Rodolfo— tenían que decir las poesías que usualmente dice Moskato tanto en Las virtudes del petardo como en Rocanrol, y, llegado el momento, Torino, profesional, cumplió con arte su cometido. Y le tocó el turno al Chino. 

Que arrancó bien, y con su voz de barítono arrabalero, dijo con sentimiento lo que había que decir en el comienzo. Pero en el interludio, cuando toca la parte esa de "un tango que nos meta en otro tango", de repente se empezó a sentir como un silencio, un vacío... Jiúston, tenemos un problema...

31.12.25

Entremés: mitologías

Creo que esto en alguna parte ya lo contamos; pero no importa, nunca falta la ocasión para contarlo de nuevo: 

Rodolfo Pascualón, nuestro adorado e inefable Chino, vendría a ser, así como lo ve, el habitué primigenio. Sí, el original. 

Fundador y alma máter, Rodolfo posee el carnet de socio nro. 0000001, en virtud de haber sido el feliz poseedor del ya mítico número de teléfono que recibió A-QUE-LLA llamada, la que hubo de reunir, de una vez y para siemp... —mejor dicho, por lo menos hasta ahora—, a esta barra habitué, alegre y dicharachera. 

Así que si este coso fuera la Biblia, entonces, Pascualón vendría a ser Adán, creado por Momo a su imagen y semejanza —según esta teoría Momo vendría a tener la jeta del Chino—. 

Obras de restauración en capilla de Tortuguitas (Fotografía: Inés Anís)

Y Crespi, en su calidad de receptor del SE-GUN-DO llamado, vendría a ser Eva. El dire, siempre con pocas pulgas, reniega de esta analogía, y dice que si tiene que ser Eva, él es Eva Perón, y que se vayan a laburar que se hace tarde.

El tercero en concordia, fue el Mago Cynar, que se nos fue pero aún nos guía. Y chin-pan-pún, ahí es que se armó la cosa: los demás cayeron más o menos todos juntos en montonera, salvo Carcassonne —que justo pasaba y hubo que invitarlo—, y el franchute, que andando por tierras aztecas cortejando a su pior es nada, cayó más tarde. 

Un capo!! (Fotografía: Irma Aperol)

Todo este largo entremés..., ya se me fue por las ramas. Porque en esta crónica no quería ni hacer un panegírico de nuestro líder espiritual —más bien todo lo contrario—, ni contar la historia habitué (pero si este post llega al millón de laics antes de 2030, la próxima la cuento entera). 

Lo que sí quería hacer es la crónica de una patriada que... Que empieza así: "Lo que nos hizo reír el Chino allá en Las Heras, no tiene nombre...". Bueno, en realidad nombre sí tiene: Rodolfo se llama, no sé si ya le dije. 

Pero, basta de palabreríos y agarresé; la historia es esta. Cambio de audio. Chau.

30.12.25

Volver: atierrizaje

 

Atierrizaje (Fotografía: Irma Aperol)

21.12.25

Integilensia Abitué

Usté está acostumbrado y ya lo sabe: como el derrotero mental de Los Habitués, gracias a Momo, no sigue una línea recta, estas crónicas tampoco. Cuestión que si le está costando seguir —o hasta encontrar— el hilo del asunto, es que, sencillamente, no lo tiene. 

No obstante, como-para-hilar-un-poco, y, ya que estamos, dar cuenta de algunas de las múltiples ocupaciones que ocuparon su ocupada existencia durante sus años de ausencia, lea esto que sigue. Dice así:

Sí, Los Habitués parece que viven en Babia, pero no. Es una pose, un personaje, según ellos, para pasar desapercibidos a la hora de cumplir misiones peliagudas. Y, de paso, para laburar poco.

No obstante, pose o personaje, de un tiempo a esta parte se vienen avivando de que anda pasando algo grande, y, cómo no, se dieron a la tarea de averiguarlo.

¿La técnica? Acodarse en cualquier mostrador, y, según ellos, fingiendo estar en Babia, lanzarle al primer coso que por ahí ande: ¿Y, qué me cuenta de... el asunto este? O "de... este asunto", asigún el énfasis que se le quiera dar al misterio.

Lo poco específico de la pregunta, y los infinitos delirios que fueron recibiendo por respuesta, los tuvieron desconcertados y absolutamente desorientados por un largo tiempo, hasta que un buen día, una moza de la "Imperio" de Chacarita, abatida repreguntó: 

—¿Usted me habla del asunto este de la IA?
—Sss... sí, sí..., claro, de la "ía" —respondió, cauto, pero con la respiración ya algo agitada, el habitué de referencia. 
—Ni me hable —zanjó la muchacha entre sollozos—. Un desastre... Mi marido se la pasa hablando de fútbol todo el día con... Esa... Bichi, le dice...

¡Eureka! ¡A la marosca! ¡Kikirikí! Era eso nomás: La IA. ¡La inteligencia artificial! ¡La artíficial intéliyens!, según le dijo la chica de la "Imperio".

Pronto se empaparon de los pormenores de la historia, y, extasiados, se pusieron a saltar en una pata: ¡tenían en sus manos LA HERRAMIENTA para moldear, en pos de una causa noble, las mentes, el pensamiento, el mismísimo futuro de la Humanidá!

Cuestión que decidieron meterse a explorar el "negocio", y como Crespi tiene una computadora en la casa —o por lo menos eso fue lo que nos dijo—, allá se fueron los muchachos. Los trece.

Resultó que sí, computadora tenía. Una Commodore 64, de 1988. Para que se haga una idea, una como esta, mire qué linda:


Pero bueno, en honor de la verdad, era una más bien parecida a esta otra:


Bueno, en realidad era esta:

Inteligencia Abitué (Fotografía: Irene Amber)

Pero esa no es la casa de Crespi, no se vaya a creer..., sino un cuchitril que alquila para algunos emprendimientos.

Retomando: compu tenía, lo que no tenía era espacio. Así que algo amuchaditos, se pusieron manos, y dedos, a la obra. Después de estrujarse la sesera durante varios días, al fin la bautizaron: I A. Inteligencia Abitué. Tomá mate, ¿eh, qué tul?, ¿qué le parece?, una bomba, ¿no? ¿Qué me cuenta?

Primero, difundir el emprendimiento les costó un Perú, pero a la final convencieron a un par de vecinos que se bajaran la app (se escribe así, "app", con doble P de pap-a-rulo), y comenzaron a llegar los primeros requerimientos.

Por supuesto, demás está decir —y de seguro usté ya lo habrá adivinado—que detrás de todo el asunto no había ninguna inteligencia, ni artificial ni artesanal ni de ningún tipo, más que la de nuestros pobres y a esta altura algo exigidos intelectos.

Pero como algunos habitués se consideran brillantes —o por lo menos eso es lo que dicen los caraduras— dijeron: "Cuchame, somos trece, y trece cabezas piensan mejor que una". Y aunque usted no lo crea, también dijeron: "Y ponele la firma, de seguro abarcamos casi todo el saber del orbe, sindudamente". "Vamos a andar bien", dijeron. "Vamo'a andar", repitieron al final.

19.12.25

Avistamientos

¿Y, qué me cuenta? ¿Cómo le va con la calor? 

Siguiendo un poco la línea argumental de la crónica anterior, voy a referir una cosa que me pasó, y después me cuenta.

Estaba yo una noche en un boliche divino de poetas y decidores al que muy gentilmente me habían invitado —de ahí por calle Castro Barros—, y, como le decía, ahí estábamos tan ricamente con Carcassone (que no me va a dejar mentir), y no va que de repente escucho: 

—¡Nah... No me vengas c...! Que los habitués de aquí, y que los habitués de allá, y que patatín y que patatán... Los Habitués son un mito urbano —sentí que le decía un coso a una naifa, así, por lo bajini. 

¡Se lo juro por mi vieja! Y diga que no quise darme vuelta para no armar quilombo, pero tenía como erizados los pelitos de la nuca ante tamaña y supina demostración de traicionera y, claro está, supina incredulidá..., ¡habrase visto, mecachendié! 

Esa noche —e-sa-no-che— me despedí medio de apuro y me juí pa' las casas rumiando bilis. A la mañana siguiente, me desperté sobresaltado pero con una claridá —¡sí, dígalo usté, digaló!— supina: Era la voz de la verdá la que hablaba por la boca de aquel cusifai enamorado.
 
Porque, vea: para la juventud de hoy día —para los menores de sesenta, setenta, digamos—, Los Habitués no son más que una lejana noción de épocas doradas, nocturnas, gloriosas..., y pare de contar, no hay mucho más. Hay un lonplei, dicen que se dice, y siempre hay alguno que dice que lo tiene —pero no lo muestra—, y eso es más o menos todo. 

V.O.N.D.I. (Berazategui, ca. 1952)

Por ejemplo, sin ir más lejos: La tía de la cuñada de mi prima segunda la de Caseros, dice que los vió, como teloneros de una banda de cumbia en un acto escolar en Soldati, allá por el... Bueno, el año no se acuerda, pero cuando era chica. O sea que calculando a ojo la edad de esta tía, hace por lo menos, exactamente, como un montón. 

En sentido inverso, familiar y geográfico, la prima segunda de la cuñada de mi tía la de Banfield dice que no los vió, pero que los oyó llegando de madrugada a un boliche de Quilmes. Dice que escuchó: "¡Ahí vienen Los Habitués!", y en plan beatlemanía, gente que gritaba. Si se la apura un poco, también reconoce que es verdad que pudo haber oído "ahí viene, te veo después", "pa’ mí tiene cara ‘e pez", o incluso "ahí, dale, lavate bien los pies".

En resumidas cuentas, abundan testimonios frágiles y poco confiables que dan cuenta de la existencia de esta patota rante en el imaginario popular, mas no atinan a precisar algún dato un poco más certero. 

—¡Seee... Los Habitués...! ¿Era un equipo de fútbol de la tercera, no? —le chantaron la otra tarde a Norton en un corralón. 

Por el contrario, en el ambiente murguero, en cuyo seno se dieron la mayoría de las aventuras de esta barra arrabalera y cantora, cada vez que se los menta es de rigor poner cara de entendidos, asentir muy-len-ta-men-te y en silencio —Psss... Los Habitués, claro—, y de reojo mirarse entre sí a ver si alguno tira algún dato más específico, y lograr pescar de quién cornos se estaría hablando. 

El Monstruo del Lago (Parque Centenario, ca. 1947)

Un poco más allá o más acá, aquí o acullá, dicen que los vieron ayer mismo en Haedo. Dicen que los vieron hace poco en Sarandí. Dicen que se los sabe ver por el Gran Paternal guitarra al hombro, pasando raudos en bicicleta o comiendo un sánguche de parado en una esquina. Dicen que se avivan al toque si se los anda siguiendo, y al toque desaparecen en oscuros zaguanes, o se pierden zigzagueando entre los árboles de una plazoleta en penumbras. 

En fin. Cuentos de aparecidos, avistamientos, de ovnis o nahuelitos, sectas satánicas, dipgüeb... Cosas vederes, Sancho, que non crederes. 

En resumen, Los Habitués, un mito, no son. Lamentablemente, me consta: de aquí los estoy viendo —en este exacto momento me están morfando las empanadas—, y por lo que parece, por el qué dirán, por el momento, ni se inmutan. 

Con las patitas frescas en la Pelopincho, ensayan algún que otro tanguito, un rocanrol, mientras sueñan con gloriosas gestas, con retornar algún día en un famoso avión negro pa' devolverle a su amado pueblo la justicia, la dignidá, y por qué no, la alegría de vivir sin sufrimientos, que los garcas de este mundo, so pena de modernización y en nombre de la libertá, pugnan por birlarnos. 

Señor, señorita, para ir cerrando: Los Habitués… Porque… ¿Usté sabe de quién le estoy hablando, no? 

¡Ah…! ¿No?, ¿ni idea? ¿Los Habitués, tango y murga fueyserá? Una patota rante en el combate p... ¿No?, ¿tampoco? 

Mecachendié. 

¡Salú!

18.12.25

Volver: altarcitos peleadores


Altarcitos peleadores (fotografía: Inés Anís)


16.12.25

¿Que vuelven quiénes?

Bueno, el asunto es así: Los Habitués, tango y murga fueyserá; una patota rante, poética y musical en el combate popular —¡no tenés nombre, no tenés!—, sin dar demasiadas explicaciones dejaron de transitar, oficial y oficiosamente, los escenarios carnavaleros allá por el año 2016. Y salvo algunas esporádicas apariciones, nunca más se supo de ellos...

La verdad sea dicha, cosas pasaron; tantas y tan intensas, que no es este el lugar en donde habrán de ser dichas... Así y todo, el mundo siguió girando, pero... ¡Pero...! ¡¡¡Suspenso!!!

De un tiempo a esta parte, un insistente runrún se ha ido instalando en las esquinas del  rioba, en las mesas de café, en las tribunas del estadio... Estos rumores —de origen indefinido, por cierto— han ido generando e instalando una suerte de ansiedá, un aire de desvelo, una inquietú: una ex-pec-ta-ti-va, digamos, que tiene en vilo y..., no sé, como incómoda a la purretada carnavalera. Rumores y más rumores: ¿vuelven Los Habitués?

—¿Cómo que vuelven?, ¿es que se habían ido a alguna parte...? —preguntan algunos despistados.

—¿Que vuelven quiénes? —preguntan otros, aún más despistados que los anteriores.

Aunque parezcan chiste, estas preguntas condensan dos grandes verdades: por un lado, la constatación de la existencia en el alma del barrio de una... ¿cómo decirlo...?, ¡abwesenheit!, al decir del Tincho, alemán el hombre; y por otro, y mal que le pese a la barra, que de esa au...sen...jait...delaspelotas casi nadie, en rigor, se había dado cuenta.

No obstante, hay mar de fondo, y entre la gente más avispada y que pareciera estar en el ajo, las versiones e hipótesis abundan, a cuál más descabelladas. A saber:

Unos sostienen que Los Habitués, percatados a tiempo de la profundización del derrotero derechoso-liberal que habría de tomar el ispa, se tomaron el piro en una especie de autoexilio forzoso, no sea cosa, y para evitarse el trago amargo.

Otros, que el "exilio" es profesional, y que después de mucho reflexionar, decidieron sincerarse y, por el bien de la Humanidá, dejar de cantar.

Los más dramáticos, sospechan que habrían pasado a una especie de clandestinidad preparatoria de andá a saber qué idea delirante, sin acertar a entrever ni explicarse para qué corno, pero que, conociéndolos, no les extraña.

Otros dan por sentado —sin haberlo pensado demasiado, la verdá, que esta gente, dado su prontuario y falta de ocupación conocida, de seguro está en cana.

También existe una corriente de opinión —que le gusta darse dique de científica—, según la cual, basándose en irrefutables indicios, Los Habitués, lisa y llanamente, se habrían extinguido. Y chaupinela.

Pascualón Vuelve (fotografía: Isabella Amaretto)

Por ahora, nada han dejado entrever sobre su futuro inmediato los protagonistas del asunto (si es que, por dió, se encuentran en alguna parte).

Mientras tanto, algunos abombados van diciendo por ahí que toda esta historia del runrún, de la vuelta al ruedo y la mar en coche, la echaron a rodar ellos mismos, es decir, Los Habitués, para, a falta de ideas artísticas mejores, hacerse los interesantes y hacerse convidar algún guisito, alguna grapa, en el fondín de turno.

Por supuesto, también están los que dicen que Los Habitués no existen, que nunca existieron, que son parte de una conspiración woke, que en realidad son los padres; dicen también que ser un esclavo del capitalismo financiero mundial es a lo que siempre aspiraron, que todo marcha de acuerdo al plan... Y que la Tierra es plana, ya que estamos. Pero, gracias a Momo, a todos estos nabolardos alcanza con no darles bola. 

Pero bueno, qué sé yo…

¿En verdá la muchachada habrá de volver un día? ¿Se volverá a oír la suave y amorosa cadencia del tango y murga fueyserá por las callecitas del barrio? ¿Se volverán a oír versos de amor en locas murgas, en serenatas? ¿Habrá otra oportunidá para esta patota rante de volver a combatir a puro bombo con platillo y con canciones toda la fealdá, la obscenidad de la desigualdad y el privilegio, la estruendosa malicia de este mundo?

Por lo pronto, hay quienes encienden velitas de esperanza y se susurran pecho adentro: Ojalá que sea pronto, muchachxs, ojalá que sea pronto…

Ojalá.

¡Salú!