Voy a arrancar esta crónica con una declaración, casi, de principios: a la muchachada habitué le gusta empilchar y verse bien. Y si a usté le parece que a veces andan medio desprolijos, tiene que ver más con los arrebatos propios de la pasión carnavalera, que con desinterés en cuestiones de la moda.
Porque el habitué será atorrante, pero dejado no es. “Antes muerto que sencillo”, “lo último que se pierde es la elegancia”, “sótano nunca, siempre terraza”, son frases que no le extrañe escuchar en el vestuario del club mientras se transmutan en mariposa antes de salir a la cancha.
¡Ah, éxtasis, gloria y loor carnavaleros...! Si no hay más que verles las caras al colocar delicadamente la flor en el ojal, la seguridá al calarse el sombrerito estiloso o darse el biabazo de glostora. A esta gente, si hay algo que les gusta, es brishar arriba del escenario.
¿Entonces? Entonces, nada. Eso: Engrupidos, no son. Pendientes de su imagen, tampoco. Más bien hacen lo que pueden con el escracho que el Barba y natura les ha dado. Y si pueden estar lindos —y cómo no, brishar, brishar, brishar—, mejor que mejor.
No obstante, en la crónica anterior mencionábamos la amarga y rotunda constatación que hizo la barra un triste día de enero próximo pasado.
¿Cuál? Pues vea: la del paso del tiempo. Pero, especialmente, su manifestación en “síntomas” que más claro echales agua. A saber: ciertas… —carajo, ¿cómo decirlo poéticamente?—. No sé…, y voto a Homero Manzi: barrigas, peladas, algún gris traicionero en el cabello; dificultades pa' leer de cerca o de lejos, nuevos anchores… En fin. Bueno. Eso. Usté me entiende.
Ahora bien, la barra —que por su naturaleza irreverente es poco afecta a los lamentos— logró dar, en un rapto de extrañísima lucidez, con una segunda revelación, esta vez de índole absolutamente práctica: y pero entonces, ¿qué pasa con la pilcha, eh?
Con curiosidá pero también con algo de tomar... perdón, de temor, con carpa miraron enderredor... ¿Y qué?, ¿se vieron? Sí. Señorita, señor, al fin SE vieron.
Arrasados por el más puro extrañamiento, la pilcha, la vieja y querida pilcha —espejo del alma—, ajada y descosida, ya no cuadraba. Y allí Moskato, alzando un puño y maldiciendo al destino —hombre sensible—, lloró. Un montón.
Y sí... "El saco me lo comió el perro", dijo Crespi en camiseta. Kike, en bermudas y en chancletas, mandó: "se me inundó la casa y se estropeó la pilcha, quedó hecha un pingajo". "¡Agujereé el chaleco con la ceniza del cigarro!", declaró Norton, compungido y en piyama. Los más se atrevieron a confesar que, al igual que a Nino, la camisa, los grilos, sencillamente, ya no les entraban...
—Y dígame una cosa: ¿no se les ocurrió fajarse?
—¿Fajarn..? ¡¡¡Pero qué idea magnífica!!! ¡Usté es un genio!, ¡déjeme su currículum, por favor! O sea que usté dice de agarramos a castañazos, digamos, dos, tres veces por semana, asigún, hasta bajar esos kilitos de más que... ¡Por Momo, qué maravilla, qué maravilla...! ¡Cuando se lo cuente a los muchachos!
—No. Manuel. Ponerse una faja, decía...
—Ah... ¿¡Pero usté está loco!? ¿Cómo le vamos a hacer eso a nuestras bellas cuerpas? ¿¡Qué dice...!?
En síntesis, alarmados por la magnitú del desaliño —que amenazaba torcer la imagen habitué hasta límites inadmisibles— y decididos a tomar cartas en el asunto, la barra declaró el estado de emergencia en materia de pilcha, áufit y elegancia, y se convocó a una reunión ur-gen-te.
Esa noche —fue un 5 de enero, noche de Reyes, recuerdo— se hablaron muchas cosas. Lamentablemente, el acta de sesiones, prolijamente redactada por el niño Fernandito, se perdió. No obstante a lo cual, se conoce que se pudo arribar a ¡una decisión!
—¡¿Cuál, cuál?! ¡¡¡Diga, hombre...!!!
—Armar una comisión.
Efectivamente: la Comisión de pilcha, elegancia, brillo, estampa y tono arrabalero. Sí, quizás la haya oído nombrar: la famosa Pebeta.
Parece ser, según se dice —y a diferencia de todas las comisiones de este mundo—, que su funcionamiento fue ejemplar, y acatados fielmente sus dictámenes. Es de decir que acaso esto haya tenido que ver con su prestigiosa composición: el Francés, parisino de ley y hombre de la haute couture, y la refinada Beba Chianti (por la oposición, estaba el Kike Bieckert). Gracias a sus denodados esfuerzos, PARECE que la estampa habitué volvió a lucir como en los mejores días de sus trasnochadas glorias.
Años después, estudiosos en la materia hallaron —abandonado, olvidado o quizás perdido en la mesa de un bar de la Paternal, el Yatasto—, lo que aparentemente fuera el reglamento, o por lo menos el borrador de un reglamento redactado por esta comisión de pilcha habitué.
Se desconoce si efectivamente esta fue la regla definitiva a la que se atuvieron a la hora de empilcharse. Lo incongruente del contenido de algunas cláusulas, hacen pensar más en un estado de delirio grupal antes que en un código hecho para ser efectivamente acatado. Tengo para mí, y ya que hablamos de personajes dados a la risa, que debe haberse tratado, simplemente, de una chanza. Chi lo sa?
En el posteo siguiente, va el reglamento, o, según amagan los restauradores, lo que de él pudo reconstruirse. Tenga paciencia.
Así que, a la misma hora y en el mismo canal. ¡No se lo pierda!
¡Salú!
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