15.12.12

crítica del amor en el siglo este

Verán, cuando los Habitués van al corso o a la milonga -aunque en realidad les ocurre en casi todas partes- entran en una especie de éxtasis existencial, en una suerte de embobamiento cuasi sobrenatural cercano a la más flagrante pelotudez ante la sola presencia, cercanía, fragancia de las damiselas que especialmente en esos lugares suelen reunirse.

Sabiéndose perfectamente capaces de postrarse y jurar eterna adoración a la primera naifa que les pida fuego, es que optan entonces por andar con cautela pa' no darse el escracho contra el sopi de un resfalón mal calculado. Y por no hablar de la competencia...

Porque ¿cómo competir con tantos vistosos bailarines, viriles y apuestos, que con cortes y quebradas y algo de gomina hacen las delicias de la platea femenina?¿Eh?

Batirse a duelo ya no está muy bien visto en estos extraños e incomprensibles tiempos. Aprender a bailar y, quizás, hacerse abonado de un gimnasio implica mucho laburo, vento y, especialmente, demasiado tiempo... Es decir, las bellas ninfas que pueblan las milongas no esperan tanto.

¿Qué hacer entonces con la dolorosa certeza de que las señoritas que ellos tienen el tupé, y quizás el coraje y la insensatez, de amar -magníficas, rotundas, dulces guerreras, leonas salvajes de la... ¿sábana?- nunca pero nunca les van a dar bola a ellos?


Porque los Habitués están convencidos de que las minas fingen estar enamoradas de ellos únicamente para después, crueles, dejarlos. Así nomás, dejarlos. Y digo más, dejarlos aun y sobre todo antes de siquiera conocerlos, razón por la cual los chochamus sienten que no hay dios y se emborrachan con pedos hondos y escriben tangos, a cual más desgarrador...

Pero bueno, hombres curtidos al fin, la barra le entra al trago con filosófica resignación (o sea, con soda), no ceja en sus esfuerzos, y sigue arremetiendo.

Ya llegará el día en que sentados a la ventana del bar la vean pasar, garota de Ipanema o Villa Crespo, y... Sí, esta vez sí la que sí, la que por fin... Ella, la adorada y la más bella, la que hoy sí y mañana también le dé ganas de regalarles el tesoro de su alma todas las noches, todos los días... La compañera de todas las batallas, de todos los dolores, la risa, los sudores... Esa que...

-Señorita, ¿se queda usted?
-Claro, gil.

Y chau, en fin, se quede.


¡Salú!

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