10.4.13

instrucciones para hacerse uno murguero

Si usté se encuentra en una de esas encrucijadas en las que la vida a veces lo lleva a uno, y no sabe qué trole hay que tomar, y, por esas cosas, le picó el bichito de la murga, siga estas instrucciones. 

ELECCIÓN DEL ESCENARIO 

Patee el barrio, el suyo u otros, y busque alguna esquina -cuanto más alejada del trocén, mejor- que le guste especialmente o le llame la atención, y en la que pueda sentirse cómodo como para imaginar cosas sin que nadie lo interrumpa. La combinación de colores, la disposición de las formas, sonidos, olores, una flor, algún recuerdo, una canción o un cuento, la perspectiva que desde allí se contempla, sombras de glicina o similar, habitancia en las inmediaciones de perros, gatos o personas que le caigan bien, etc., son buenas razones para realizar la elección. 

Una vez fijada la esquina, resérvese un sábado o un domingo del mes de enero próximo futuro, y espere, sentado o parado, a que nomás llegue. En el interín dedíquese como si nada a otras cosas, y no piense demasiado en lo que ha de acontecer (ansiedades y obsesiones de cualquier tipo o factor son altamente contraindicadas para el objetivo a conquistar). 

TANTEAR Y PREPARAR EL TERRENO 

Una vez llegado el día, antes que nada pizpee si llueve o estuviera por. Si no, prepárese –deje todo elemento superfluo en su bulín- y alléguese, tipo seis, siete de la tarde, hasta el lugar prefijado. Bien. Una vez allí arrímese con naturalidá hasta el cordón de la vereda (tenga la precaución de que sea a unos diez metros de la esquina, porque quizás doblen camiones) e instálese, propiamente, sobre el cordón antedicho. Ya instalado comience por saludar a los transeúntes y/o a la flora y fauna aborigen con un amable buenos días y acompáñelo con una sonrisa (si implicara una falsedá de su parte, deje, que con el saludo alcanza). 

Después, y si sabe cómo hacerlo, sílbese un tango en tono mayor o, en su defecto, cualesquiera de sus canciones favoritas, en buen volumen, y, por último, desnúdese. Si habiendo realizado estas acciones todavía no lo miraron con mala cara o lo llevaron preso, puede estar seguro de que está en la esquina y en el barrio indicado. Hecha la comprobación y, si quiere, puede volver a vestirse, no sea cosa… 

Ya está usté entonces sobre el cordón de la vereda. Adopte una posición cómoda en la que no pierda el equilibrio, y cierre los ojos –un buzón o coso pa’ poner las bolsas de basura como los de antes pueden ser buenos ayudantes a la hora de mantener la posición; si se cansa de estar parado, vale sentarse-.

PRELUDIO 

Conviérsese con naturalidá. Si llegara a ver que su discurso se vuelve lento y pesado, solemne y con destellos de bronce, retrúquese y fáltese el respeto con sistema y sin remordimiento. Utilice palabras mordaces, cuanto más ingeniosas mejor, mas no que inflijan heridas demasiado profundas, que tarden en curar. 

Intente sentir que es usté un pajarito, o un barrilete, cometa o papalote (asigún de dónde sea usté). Una vez que haya logrado experimentar un buen número de sensaciones, se haya imaginado el viento en la cara y la configuración del barrio visto desde arriba, SEA un pajarito o un barrilete y, si puede hacerlo con elegancia, píe. Si no, píe igual, y/o relinche. 

Después, otee. Gire la cabeza lentamente hacia un lado, hacia el otro, y ventee. Si usté lograra escuchar, oler o sentir el esfuerzo de algo verde creciendo por debajo del asfalto; un arrullo de gorriones o, aún mejor, gaviotas; el tema de conversación de los gatos en tejados lejanos; a su abuela cantando una canción mientras prepara el tuco del domingo; los cantitos, todos y en orden, de un juego de rango; o un ¡piedra libre para todos los compañeros!, alégrese, que va por buen camino. 

LA COSA o EL ASUNTO 

En este punto ya está lo suficientemente sensibilizado como para pasar al segundo paso: escucharse el corazón. Una vez que el ritmo lo invada ordénele a alguno de sus pies (a los dos juntos es más difícil mas no imposible) seguirlo con un movimiento leve. Una vez lograda una natural y perfecta coordinación, vuelva a escuchar el afuera. 

Quizás no pase nada, y no importará: la vida es larga, honda y profunda de tan mariposa, frágil y corta, y si no es hoy, será mañana, que es como decir nunca, pero nunca en mi barrio quiere decir ojalá, o sea, siempre. Pero… 

Quizás sí, sí pase –se va a dar cuenta en seguida-, y ahí te quiero ver. Primero: agárrese fuerte de usté mismo y no deje que la atención y la sensación se le disperse con consideraciones tales como ¿alguien me estará mirando?, o ¿qué estoy haciendo acá parado como un nabo en vez de…?, o alguna otra estupidez por el estilo. Si esto ocurre, luche fieramente -son los demonios del mundo que, avivados de su intención, pretenden arrastrarlo con ellos a una vida de rutinas infames, con diplomas, cucardas, y/o doctorados honoris causa), mantenga la posición y, sobre todo, la sinrazón. 

Inmediatamente después va a sentir como que el ritmo se dobla, que su corazón tiene un eco. Progresivamente sentirá que el eco crece, y ya no será un eco sino una tormenta, un tronar como de miles, millones de grillos o de sapos en la noche, una ola transoceánica, una vía láctea, un llanto, y su papá y su mamá llevándolo de la mano al tobogán, y usté riendo de un delicioso cagazo... 

Cuando siente que eso que está ahí, enorme y terrible lo envuelve, y sienta como un viento fuerte que lo empuja y lo mueve, cuando sienta que sus pies ya no son suyos sino del mundo, que una carcajada estridente le parte la jeta –jeta de pelotudo de tan sonrisa-, y que usté mismo ya no es usté sino que acaba de nacer 

abra los ojos, mire a la murga, a las murgueras y murgueros, enllénese los ojos del color del cielo, 

bajesé del cordón… no tenga miedo, y… 


Y listo el pollo. 

¡Salú!, murguero.

Manuel el Negro Flores, habitué

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