19.1.11

un entremés y...

"Un La menor te lo hacen la Mona Jiménez, Beethoven, Piazzolla, todos. 
Lo más importante es el ritmo, es lo que diferencia a las músicas. 
La armonía, bueno, sí, es una construcción matemática que 
puede estar mejor o no, pero el tema es qué pulso usás vos para tocar."
Entrevista al Chango Farías Gómez, hace poco.

A la miér...

Buenos Aires, dicen, ha sido y quizás lo siga siendo, una ciudad cosmopolita, a la que le gusta darse dique de culturosa. En buena hora, digo yo, porque de esta manera los tipos curiosos, sensibles, inteligentes y elegantes como uno tienen la posibilidad de abrirse al mundo y recibir, cómo no, las más variadas y fantásticas influencias del universo todo. Mi Buenos Aires querido, un puerto abierto al cosmos...

La joda es que de tan abierto, de tanto cosmos libre de impuestos, se nos olvida mirar, escuchar, un poco pa' este lado, quizás algo de lo propio que se hace, sencillamente, con lo que se tiene a mano. Pero bueno, andá a saber por causa de qué extraño complejo austral, de culo del mundo, Buenos Aires siempre fue igual, solita y sola, negándose a sí misma, queriendo ser otra...

Buenos Aires debe ser la única ciudad en el mundo que no tiene folclore. Como el candombe en Montevideo, o el samba en Bahía, como lo fue el tango...

Por ejemplo, la ciudá está llena de percusionistas que saben tocar la kalingandunga senegalesa, también conocida como bombopopó (en España se la llamó piritraque por su sonido metálico), o, sin ir más lejos, el hidrotambor afgano, o el chorongongo, que no se toca ni con las manos ni con los pies, y de más está decirlo, me parece fer-pe-toc. Pero... yo qué sé. Pa' mí que falta algo... ¿La raíz, quizás?

Bienvenida la música del mundo, mas qué le voy a hacer, enseguida me aburro de no entender un catzo y se me da por pegar la oreja a mi esquina silenciosa y tratar de escuchar el propio latido, la respiración pesada y lenta de la pampa infinita a la que le ha crecido una ciudad encima como un yuyo invasor, como una europea traición.

Porque el arrabal porteño respira en tiempo de murga, única y de acá nacida, como el tango, como la ciudad misma, de imposibles y azarosas mezcolanzas; y en bombos con platillo marca el pulso, baila al compás, del corazón...

Seguimos la próxima, que esto nomás es una introducción para otra cosa. Chaucha.

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